Lectura de verano: ‘Plomo en los bolsillos’

La magia del ciclismo nace siempre de ese misterio que existe más allá de la frontera del sufrimiento. No gana el Tour de Francia el más atlético, ni el que más entrena. Sí, ayudan, pero lo más importante es el factor moral. El que llegue con el maillot amarillo a los Campos Elíseos de París ha de ser el que mejor sabe sufrir, el que tiene el umbral de la agonía más alto, el que está mejor preparado psicológicamente para resistir. Ése es el principal mensaje que se extrae de la lectura de ‘Plomo en los bolsillos’, el libro reeditado por Libros del KO y escrito por Ander Izaguirre, que narra la historia de la gran carrera francesa, la de los grandes duelos de los nombres míticos y la de los pequeños, los que pasaron a la historia por otros motivos ajenos a la victoria, pero no por ello menos héroes. Porque hace falta ser un héroe para subir esas montañas, ya sea llegando a sus cimas en primera posición o atravesando la línea en último lugar.
El libro es muy propicio para una lectura veraniega, en julio para ser más concretos, mientras se disputa la gran vuelta por etapas francesa, para poder comparar el antes y el ahora. O, diría más, visto lo acontecido en el último tour, es un libro perfecto para visualizar ciclismo de verdad, en vez de escuchar a Pedro Delgado y Carlos de Andrés comentar lo que supuestamente es el Tour de Francia. Sí, es un canto de odio eterno al ciclismo moderno. Porque las etapas no son cómo las de antes. Y si no, lean, lean…

La portada de ‘Plomo en los bolsillos’ en Libros del KO.

Su estilo literario, muy lejos de la forma poco elevada del periodismo deportivo moderno, pero de lectura ágil, hace que te lo leas en un santiamén, casi como si fuera una tragedia épica. Tiene todos los ingredientes de una gran historia: protagonistas, antagonistas, amistad, odio, épica… Un libro que no sólo gustará a los amantes del ciclismo, sino a los que agradan las buenas historias. E incluso cuenta anécdotas más allá del deporte en sí, como el secreto que mantuvo Bartali durante 50 años.

Hace dos días, por otro lado, comenzó la Vuelta, una carrera que este año es más Tour que el propio Tour, con diez llegadas en alto. Los aficionados al ciclismo nos permitimos soñar el regreso del ciclismo de otros tiempos. Aunque éstos no son los de antes.

Cine europeo vs cine estadounidense

En una película europea, un tipo camina por la calle hasta que llega a un portal. Busca la llave en su bolsillo, abre el portal y camina hasta el ascensor. Pulsa el botón de llamada y, mientras llega el ascensor, silba un rato. Abre la puerta del ascensor, se introduce en el elevador y pulsa el número de su piso. Sube hasta su piso y sale al rellano. Busca la llave correcta y abre la puerta. Entra a su casa y entonces recibe una llamada de teléfono que da un giro a la historia.

En una película estadounidense, un tipo entra en un portal. Por corte está entrando en su casa y entonces recibe una llamada de teléfono que da un giro a la historia.

‘The Newsroom’ y la moralina

Hay gente que sólo habla de lo que no le gusta y gente que generalmente se manifiesta cuando algo le gusta. Esto es así. Aparentemente lo más inteligente es ser de los primeros. Hablar con superioridad moral sobre lo mal que está hecha una serie, una película o una novela está bien visto. Decir que algo es bueno es un síntoma de debilidad. Bien, yo soy débil, soy de los segundos ya que predominantemente suelo escribir sobre lo que me gusta. Y ‘The Newsroom‘, la serie de Aaron Sorkin que se estrenó hace unas semana en la HBO no me gusta, sino que me encanta.

Partamos de la base de que trata un tema que especialmente me interesa: el periodismo. Un tema arriesgado, porque todo el mundo tiene una opinión sobre este gremio, generalmente mala. ‘The Newsroom’ ha sido un éxito de audiencia y al emitirse el segundo capítulo ya firmó por una segunda temporada, pero parece que no ha enamorado igualmente a los críticos estadounidenses.

Los principales defectos que le encuentran son la grandilocuencia y la verborrea de los diálogos de Sorkin (yo los admiro), el hecho de utilizar noticias reales y tratarlas en las tramas con la ventaja de tener todos los datos de lo que sucedió en la realidad, algo que no deberían tener los personajes en vivo y, sobre todo, el discurso moralizante sobre cómo debería ser el buen periodismo. Y es esto último, desde mi punto de vista, lo que más ha enervado a los críticos. No soportan que ellos, que son periodistas de verdad, tengan que ser sermoneados por un tipo con gafas y tics nerviosos que se cree más listo que nadie.

‘The Newsroom’ no tiene diálogos realistas: nadie tiene réplicas tan geniales ni ocurrencias tan ingeniosas tan rápido y en tanta cantidad. Pero qué importa, te enamoras igualmente de los personajes. A mí me encanta saber que sí hay alguien tan genial detrás de ellos. ‘The Newsroom’ no está, por tanto, extremadamente sujeta a la realidad, quizá porque es difícil encontrar periodistas tan independientes. Pero es como la realidad debería de ser. ‘The Newsroom’ no sólo es una serie buena, sino que es una serie necesaria. Necesitamos buenos periodistas, no ésos que están influenciados por las audiencias, los poderes políticos o los intereses económicos de las grandes empresas. Y sí, en la realidad, aunque son minoría, existen, como las personas de réplicas rápidas y geniales, los políticos honestos y Aaron Sorkin. Lo que pasa es que difícil verlos entre tanta basura.

Industria en coma

La actual crisis económica, unida a las decisiones en los recortes del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y al descenso progresivo que los cines están experimentando en la asistencia de público, han provocado que la industria audiovisual en España se encuentre en un estado catatónico: la de televisión y la de cine.

La subvenciones públicas a desarrollo de guión de largometraje y a la producción de cortometrajes han desaparecido. El dinero destinado a producir largometrajes se ha reducido al mínimo y el recorte en los presupuestos de TVE, junto con la decisión de repercutir el grueso de ese tijeretazo en la producción de ficción nos metieron en la UCI. No sólo la gravedad de esas determinaciones en sí, sino también el efecto dominó que provocó en la cadenas de televisión privadas, con Mediaset emitiendo un comunicado en el que iba a optar más por otro tipo de programas que por la ficción y Antena 3 reduciendo su presupuesto a la mitad. Y el remate ha sido la subida del IVA del cine del 8% al 21% en una medida sin precendentes, que nos tiene al borde de la muerte.

Resultado: no hay apenas trabajo. Numerosos profesionales con mucha o poca experiencia están en paro. Los del cine se unen a los que ya estaba en televisión con lo cual la competencia es mayor ¿Qué hacer? Existen varias opciones: reinventarse y cambiar de profesión, exprimirse para pensar proyectos baratos que las cadenas puedan aceptar en la nueva situación, sembrar ideas para cuando la economía esté mejor (parece que va para largo) o directamente emigrar a países emergentes de habla hispana.

Desde luego, la opción no válida es quedarse parado, inmóvil, mirando cada día a qué escalón asciende la prima de riesgo.

La cultura del no pasa nada

1. “Vigila que no venga el camarero”, me dice un amigo mientras se cuela detrás de la barra de la fiesta universitaria de Farmacia y comienza a preparar varios cubatas. “Tío, que nos van a pillar, ¿qué haces?”, le reprendo. “No pasa nada, tronco. ¿Ves? Ya está, terminado”. Cogemos los cubatas y nos largamos habíendonos ahorrado poco más de mil pesetas. Luego, durante la alta ingesta de alcohol, mi amigo se pavonea de cómo nos hemos ahorrado una pasta a la par que demostrar lo listo que es por haberlo conseguido.

2. Una conocida franquicia de locales de pintxos vascos en Madrid. Unos amigos tomando unas cervezas y disfrutando de los sabrosos bocados y tirando los palillos (con los que luego el camarero cuenta el número de pintxos consumidos) al suelo. “Tío, ¿por qué tiras los palillos, que luego nos tienen que cobrar”. “Si no pasa nada, no se dan cuenta”, te contestan.

3. “Ayer me vi una película en Filmin. Me costó 2,99 euros”. Qué pringado, piensan mis amigos. “Si te las puedes descargar gratis y no pasa nada“.

Todas estas anécdotas son verídicas.

Nos quejamos de que Urdangarín se lo lleva crudo. De que los políticos recalifican terrenos y firman licencias de urbanismo con el único objetivo de llenarse los bolsillos. Nos molesta que los empresarios crean sicavs para evadir impuestos. También nos indigna que los directivos de las cajas acumulen pensiones millonarias. Pero todos ellos lo hacen también porque piensan que no pasa nada, que no les van a pillar.

Lo que está sucediendo en España es porque al final sí que pasa algo. Y todos, cada uno con su porcentaje de responsabilidad, hemos contribuido a ello. En España, la cultura de la picaresca, ésa que tanto nos enorgullece, ha constituido nuestra ruina. Pero sí, es cultural, o diría más, es un problema de moral, de concepción de la ética. Quizá lo que deberíamos hacer es inculcarles a nuestros hijos la cultura de la honestidad, sin importar si nos pillan o no nos pillan. Pero claro, para eso tenemos que querer.

Una posible experiencia interesante

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Radiografía del sufrimiento

La época lo pide, la sociedad lo demanda, la economía lo obliga, los agentes externos nos empujan y el futuro, negro como el ébano, nos lo pone en bandeja. Es tiempo de sufrimiento, de agonía, de incertidumbre…

Agobiarse porque la prima de riesgo, de la que antes no teníamos conocimiento y ahora conocemos, pero no entendemos, bate récords cada vez que le das al f5 para actualizar la portada del cualquier medio de comunicación online. Depende de cuál abras, el agobio será mayor o peor.

No dormir cada martes por la noche pensando en cuál será el dato de audiencia de la serie en la que trabajas, porque de él, supuestamente, depende la renovación por una segunda temporada y, por tanto, y también, en consecuencia, que tu situación laboral se mantenga activa y con ingresos.

Porque lo que sí que te hace comerte la cabeza es que la mayoría de los compañeros con los que has trabajado a lo largo tu experiencia en el mundo audiovisual engrosan las listas del INEM, sean de programas o de ficción, más o menos experimentados, con experiencia de responsabilidad o no. Y lo peor es que el futuro de la industria invita a que no va a ser mejor, sino lo contrario.

Y sufres, cuando en realidad ni te va ni te viene, al intentar buscar un poco de evasión en la selección española de fútbol. Porque crees que te has convertido en Brasil y Brasil se ha convertido en España. Nosotros estamos mal económicamente y somos casi los mejores del mundo en fútbol. Brasil ha sufrido el giro contrario. Ahora están bien en lo económico y ya no son una selección invencible.

Sí, lo sé, el fútbol parece un asunto menor, cuando nuestro trabajo y, sobre todo, el futuro de nuestros hijos y del estado de bienestar está más que en peligro. Pero es sólo por buscarse algo más por lo que sufrir.

Te retuerces las neuronas para pensar en futuros proyectos, en distintas salidas, en diversas posibilidades, con la sensación de que ya todo está hecho. De que nada va a funcionar.

Aunque siempres has sabido que están ahí, te molestan y te indignan mucho más las injusticias. Esas diferencias salariales entre las grandes estrellas del periodismo y lo curritos. Esos expedientes de regulación de empleo que se hacen para realizar la contratación millonaria de una estrella. La sensación de que todo va a que vamos a ser nosotros los que paguemos por trabajo y no al revés, como se supone que debería ser. Lo último, y ya se hace, es pagar con tus horas de trabajo por visibilidad.

La crisis económica está ahí. Pero también es un hecho, y por eso incide más en estos sectores, que el modelo de negocio de la industria audiovisual está sufriendo su propia batalla, entre los que quieren anclarse en el antiguo y lucrativo régimen y los que saben por dónde va el futuro, pero no reciben el premio deseado por su espíritu emprendedor.

En realidad es mejor no pensar y mirar a Sol, que está ahí sentadita mirándome con sus ojos grandes. Ésa es la mayor inspiración de todas para seguir pensando en la fórmula mágica.