La primera cana en la barba

Tengo 32 años. Ayer me miré fijamente en el espejo y vi que tenía una arruga aquí justo al lado del ojo ¿Es que me estoy haciendo viejo? ¿O es simple obsesión?

El caso es que me estoy preguntando en qué momento de la vida deja uno de ser joven. Según el gobierno aún puedo optar al plan de viviendas para jóvenes, pero según la Comunidad de Madrid, pasados los 29 ya no puedes disfrutar de las ventajas del carné joven. Me queda un poco lejos ¿Es o no es un lío?

Una de las mayores decepciones de mi vida fue darme cuenta de que se me había pasado la edad para poder hacer el inter-raíl a un precio barato. Me sentí viejo. Tenía 27 años y ya no era joven.

Lo cierto es que con el paso de los años las claves que dan el final de la juventud van cambiando. Cuando estaba en el instituto, para mí todos los que estaban en la universidad eran viejos. Al principio me cabreaba cuando me pedían el DNI a la entrada de las discotecas, después me sentaba mal cada vez que no lo hacían.

Otra de las claves son las canciones que te gustan, especialmente cuando esa música sólo se toca en fiestas cuyos carteles van siempre marcados con la palabra ‘Revival’ o ‘Greatest Hits’. Empiezas a sospechar cuando el número de personas que acuden a esas veladas susceptibles de someterse a un tratamiento contra la alopecia va ‘in crescendo’ de fiesta en fiesta.

Más grave aún es cuando te encuentras a tu hermano pequeño en un bar, te das cuenta de que te saca una cabeza y te levanta a la tía con la que llevabas picando toda la noche. Empiezas a darte cabezazos contra la pared cuando recuerdas que tú fuiste quien le enseñaste las técnicas del ligoteo.

Hay algo que sí que no falla. La juventud termina el día en que tu jugador de fútbol favorito tiene menos años que tú. Yo por ese lado estoy tranquilo, mi ídolo siempre ha sido Raúl. Aunque mira como está ya el pobre, para animar a los titulares mientras el proyecto de Florentino se da de bruces contra el Lyon.

Pero para mí el medidor perfecto está en la acera de en frente. Sí, son ellas.

Una pista: cuando conoces una chica y si te pregunta la edad mientes para parecer más joven. Pero el mayor punto de inflexión es el momento en que una ex novia te invita a su inminente boda. Ay, amigo, entonces sí que tienes que preocuparte. Un nombre menos del que tirar de chorbagenda. Y eso que cuando te llamó para comunicártelo le quiso poner misterio diciendo que te invitaba a una gran fiesta. Tú ya te estabas frotando las manos pensando en aquello de “donde algo hubo, algo queda”. Y de repente, zas, te lo suelta. Yo fui directo a mirarme al espejo y fue cuando me descubrí la cana en la barba.

Pero bueno, siempre puedes pensar… “Es que los tíos tardamos más en casarnos, vivimos más la vida”.  Ya, pero los tíos también damos las mejores noticias. Ayer me llamó Jorge, mi mejor amigo. Se casa. Yo voy a ser el padrino.

No hay duda, mi juventud está agonizando. Pero hay más. La semana pasada denuncié a mis vecinos porque tenían la música muy alta. ¡Joder, no me dejaban dormir! Y eso no es todo, los últimos dos sábados no he salido con mis colegas. No podía soportar la resaca del viernes. Preferí quedarme en casa viendo La Noria. Sí, me han dicho que eso es definitivo.

Eso no es todo. El botellón me parece cosa de niñatos, prefiero ir a cenar. Y el otro día se me escapó la frase fatídica. ¿Sabéis cuál es? Le dije a mi hermano: “Claro, como los jóvenes de hoy lo habéis tenido siempre todo”. Otro síntoma es el siguiente. Ya sólo me reúno con mis amigotes al completo como mucho una vez al mes y pasamos la noche hablando de anécdotas del pasado. Además, siempre que jugamos al Trivial gano. El problema es que siempre jugamos a la versión ‘Jóvenes carrozas’.

En fin, que estoy dejando de ser joven, pero aún vivo en casa de papá y de mamá, nunca he usado la lavadora y no tengo previsto independizarme, especialmente teniendo en cuenta que estoy en el más absoluto paro. En la mayoría de las entrevistas me rechazan porque soy demasiado mayor, especialmente en aquellas, que son las más, en las que se buscan becarios, la gran lacra de esta sociedad. Creo que la única solución es el braguetazo.

Éste es un fragmento de un monólogo que escribí hace ya más de seis años cuando vivía en Sevilla y de vez en cuando veía algún eurillo de interpretaciones de este tipo de textos en bares de copas. La razón por la que lo he decidido publicar es porque hoy he visto la primera cana en mi barba. He hecho una pequeña aportación actual. No sé si lo volveré a publicar cuando me salga la primera en el pecho.

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